Honrar el legado de Ricardo Guzmán

No recuerdo cuando nos conocimos. Era una de esas personas con las que pareciera que has convivido toda la vida. Me gustaría decir que fuimos amigos entrañables, pero creo que en justicia fuimos compañeros de partido. Eso sí muy buenos compañeros. Seguramente nos vimos por allá cuando él trabajó con Raúl García Castillo en el turbulento ayuntamiento 96 – 98, y yo era un escuincle del juvenil que aparecía de repente por La Piedad.

Lo recuerdo muy bien durante la administración de Arturo Torres. Nos reuníamos con frecuencia para dar seguimiento a los trabajos que realizaba la Auditoría Superior de Michoacán sobe las cuentas de la administración que les antecedió. Yo era diputado e integraba la Comisión Inspectora. Al final las leyes, las deficiencias de la ASM y el entorno no político nos impidieron ir tan a fondo como hubiéramos querido.

Recuerdo su apoyo decidido a Felipe Calderón en 2006 y su vigorosa campaña en 2007. Y era solo el comienzo. Su administración asumió un ritmo muy intenso de trabajo desde el primer día. En esa etapa tuve el honor y el gusto de trabajar con él intensamente. Me consta como gestionó enormes cantidades de recursos. La obra de mayor monto durante mi encargo en Sedesol – el Boulevard Casto Saldaña, a través de Hábitat – se realizó a instancia suya. Consiguió los primeros fondos de zonas metropolitanas para el municipio y los recursos que atrajo para la construcción de los libramientos, manejo de agua y la atracción de inversiones privadas no tienen precedente.

Lo vi por última vez, unos días antes de su muerte, en uno de los centros comunitarios de Hábitat, por los que tanto orgullo sentía y en los que tanto se empeñaba por mejorar. Acordamos recursos adicionales para pavimentar calles y el proyecto del puente – aún pendiente – que continuará el Boulevard Casto Saldaña conectando La Piedad con Santa Ana Pacueco. La campaña le ocupaba, sin incurrir jamás en falta alguna apoyaba decididamente a Hugo, Ligia y demás candidatos vecinos y muy especialmente a Cocoa.

La noticia de su muerte me sorprendió junto a uno de sus colaboradores, con quien  aprovechando el asueto trabajamos en temas de la campaña de Cocoa. Esa noche no dormí. La mezcla de pena, rabia, miedo y dolor era demasiado intensa. Así se cruzaron nuestros caminos. No puedo preciarse de haber tenido una gran amistad con él, pero su liderazgo, su sentido del deber y su compromiso con México, con Acción Nacional y con los principios por los que vivía me dejaron una huella imborrable.

Como todos aquellos hombres y mujeres que dejan un legado trascedente, con Ricardo Guzmán corremos el riesgo de quedarnos en alabarlo – sin duda con justicia. Pero eso no es suficiente. A hombres como Ricardo debemos aprender, tomar ejemplo y seguir la ruta que trazaron, adoptar sus principios, perseverar en las metas que fijaron. En este caso, la mejor forma de honrar a nuestro compañero es trabajar por mejores gobiernos capaces de construí el Bien Común y adoptar la ética del deber y del servicio en la vida pública. Eso será mejor que mil monumentos.

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