De Harry Potter a Peña Nieto

La estrategia de comunicación en torno a la lucha contra el crimen no puede ser el silencio.

Durante el gobierno de Felipe Calderón la primera plana de cualquier diario daba cuenta de la situación en torno a la seguridad en nuestro país. Se relacionaban los avances y los retrocesos, la percepción de la ciudadanía y se contaba cada homicidio asociado al crimen organizado. Fue el tema dominante en la opinión pública, el favorito de para presentar logros y el preferido de sus detractores para hacer hasta las más injustas críticas.

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La batalla en la opinión pública estuvo perdida desde el día que se eligió el combate al crimen organizado como la estrategia central de comunicación. Los primeros mensajes del entonces Presidente anunciaban que era una batalla que costaría tiempo, recursos y desafortunadamente vidas, como en realidad ocurrió; destacaban que la delincuencia organizada no sería derrotada con facilidad menos aun con rapidez, como en realidad ocurre, y aun así decidieron, contra su propio diagnóstico hacerlo su principal activo. Resulta inverosímil que un gobierno con logros económicos y sociales impresionantes haya decidido jugarse su suerte y su legado histórico al tema más polémico, al tema en que de inicio reconoció que no podía ganar.

Creo que esa decisión no fue instantánea, mas entendible es que, la estrategia de comunicación de Calderón se fue deslizando inexorablemente hacia el tema, hasta verse atrapada en él. Sin duda, un factor fundamental del equívoco fue que en el 2009 el PAN, entonces encabezado por Germán Martínez usó el tema en la campaña electoral, acusó al PRI de cómplice y terminó por polarizar un asunto que para ser exitoso necesitaba ser tratado como un asunto de estado. A partir de ese momento la suerte estaba echada. La izquierda estridente, que en México casi siempre termina por ayudar involuntariamente al PRI, montó una campaña desproporcionada para culpar al entonces Presidente por cada gota de sangre que derramaban los sicarios del crimen organizado. La Presidencia y el PAN se defendieron, la izquierda insistió y el PRI aprovechó doblemente, pues evadió las acusaciones de complicidad – al menos histórica con el narco –  y enfatizó su narrativa de que el gobierno era incapaz y que había que cambiar la estrategia.

Cambiar la estrategia es la muletilla sin contenido, que todo político correcto repite sin duda, sin temor y  sin idea de lo que pueda significar. Los priístas hablan de coordinación y los perredistas de educación, pero nadie explica qué hacer cuando un grupo de sicarios extorsiona, secuestra, asesina y tiene controlada una región, nadie dice con que policías va sustituir al Ejército o a la Marina, o explica a que se dedicarían los capos criminales si por ventura los gringos legalizaran las drogas, y tampoco terminan por explicarnos cuales drogas y como hacerlo.

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Del gobierno de Enrique Peña Nieto han transcurrido tres meses y el número de homicidios ligado al crimen organizado se mantiene igual. El despliegue militar y policiaco no varía y la estrategia de coordinación sigue apuntando hacia el mando único, ahora bajo la Secretaría de Gobernación, lo cual considero un error. La novedad, es que estamos ante el silencio y la indiferencia como estrategia. El Presidente no habla de inseguridad, muertes o detenciones. Los voceros como el Procurador y el Secretario de Gobernación siguen usufructuando el mal sabor de boca de la violencia y diciendo que falta coordinación, pero la claridad sigue ausente, hasta en los temas novedosos como los grupos de autodefensa, que ponen como nunca antes en entredicho la capacidad del Estado de hacer valer la ley, y que un día son recibidos en Cobián y al siguiente son encarcelados por sus vínculos con algún cartel.

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Esta actitud me recuerda la de los personajes de Harry Potter que no pronuncian el nombre de Voldemort, el villano de la saga, como si con ello conjuraran la amenaza que representa. Pero Voldemort regresa y causa mucho dolor. La historia del joven mago demuestra que sólo enfrentando al mal se le puede derrotar y que ello requiere integridad, valor y unidad.

Un cambio en la estrategia de comunicación del Gobierno Federal, es entendible y además saludable, pues podría representar la oportunidad de recuperar el tema del combate a la delincuencia organizada como un asunto de estado, que se perdió en la administración anterior al politizarse. Pasada la refriega electoral, el gobierno de Peña bien podría aquilatar los logros de Calderón en la materia, que son muchos y buenos, superar la tentación de denostarlo y aprovechar la buena disposición para los acuerdos que la oposición le ha prodigado y relanzar en la opinión pública el tema.

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Al final, sin el compromiso de todos los actores y de los ciudadanos, sin la opinión pública de su lado, para cualquier gobierno será más difícil enfrentar una batalla de por sí compleja, en la que a nuestro país le quedan muchos años por delante y en la que por el bien de todos, el gobierno, el Estado Mexicano no puede perder. Peña desaprovecha una oportunidad y persiste en el error que todos los actores políticos cometieron en el sexenio pasado, creer que enfrentar a los delincuentes es un asunto en el cual podemos estar divididos sin que haya consecuencias. Ojalá recapacite a tiempo.

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