Consensos y convicciones

Recientemente el Gobierno del Estado, las dirigencias y las bancadas en el Congreso de los partidos opositores deshojan la margarita de firmar un “Pacto por Michoacán” imbuidos del espíritu conciliador y favorable a los acuerdos que impulsa la Presidencia de la República y que tiene su piedra filosofal en el Pacto por México.

He manifestado mi desconfianza hacia ese tipo de instrumentos políticos en que para poder coincidir todos, es necesario limar las aristas afiladas de los temas polémicos – y todos los temas trascendentes lo son – con lo que terminamos con catálogos de buenas intenciones impracticables. Para muestra, el Pacto por México enfrenta ya una sorda resistencia en el tema, originalmente incuestionable de la reforma educativa y el PRD una situación esquizofrénica entre avanzar en su compromiso firmado o ponerse del lado de grupos de presión históricamente ligados a él, como la CNTE o los normalistas. O la reforma de las telecomunicaciones que ha evidenciado que al interior del PAN hay diferencias de forma y fondo.

Plantear un “Pacto por Michoacán”, además de evidenciar que la moda de este gobierno es copiar la moda sexenal y por ende, su pobreza de conceptos y su dependencia partidista, nos obliga a preguntarnos si esto tendría alguna utilidad práctica. Por similitud ineludible, el Pacto por México es útil para los actores nacionales: al Presidente Peña y a su partido les sirve para ilustrar su narrativa de que son capaces de alcanzar acuerdos, a Gustavo Madero, que no al PAN, le permite tomar distancia del gobierno de Felipe Calderón y articular sus extraviadas fuerzas en la Cámara de Diputados, al PRD de los “Chuchos” ya sin AMLO, les sirve para deslindarse de éste y presentarse como una izquierda moderna y civilizada. Y todo esto se da con base en un supuesto central: la agenda del Pacto es legislativa. Todos los asuntos que aborda requieren una modificación constitucional o legal que necesita el consenso de al menos uno de los dos principales partidos opositores.

En el caso del Pacto por Michoacán no se ha planteado con claridad una agenda de temas, pero pensando en los grandes asuntos públicos de Michoacán podemos concluir que estos no son primordialmente legislativos. La seguridad es un tema del Ejecutivo, aplicar la reforma educativa ya en curso le compete a la Secretaría de Educación, la parte legislativa de la deuda pública ha quedado superada y ahora toca ejercer lo autorizado. Las renovaciones de órganos como el IEM y los magistrados del Poder Judicial no han requerido pomposos pactos para transitar. Pactar en materia de combate a la corrupción y rendición de cuentas sería contraproducente, pues en ese campo lo que ocupamos es que se cumpla la ley sin concesiones.

En el otro extremo valdría preguntarnos si los poderes y los órdenes de gobierno van a pactar sobre lo que les compete en exclusiva, por ejemplo si el Ejecutivo va a ceder en la parte presupuestal, en sus programas o si va a subir a la mesa temas como el transporte público, si los ayuntamientos van a ceder atribuciones en temas como el mando de la policía o el desarrollo urbano y si el Congreso del Estado va a pactar la renovación de la Auditoría Superior, por ejemplo. Es decir que no encuentro una agenda que pueda siquiera equipararse a la del Pacto por México en los temas locales. Pues no debiéramos pactar entre otras cosas que cada quien haga lo que le toca hacer, en particular el Ejecutivo. No hay materia para un gran pacto. Pero, ¿políticamente hay utilidad en un acuerdo de este tipo?

Para el Gobernador y su partido representa la posibilidad de “hacer algo” en un momento en que su margen de maniobra se reduce rápidamente por la falta de recursos, el recrudecimiento de la violencia y la intermitente presencia de Fausto Vallejo. Permitiría reducir la crítica opositora y ganar tiempo. Para el PAN y el PRD yo no veo incentivos reales, creo más bien que les ataría las manos para cumplir con su rol de contrapeso y sana crítica al gobierno y los sometería a tensiones internas innecesarias, pero la debilidad de sus dirigencias formales y su proclividad a las vanidades del poder los puede llevar a codiciar una foto estrechando manos con el Gobernador y que al pie les llame hombres de estado.

Ya veremos, pero me gustaría traer a la memoria una frase de la recién fallecida Margaret Tatcher, que dijera “no soy líder de consensos, sino de convicciones”, y me arriesgo a plantear esto cuando el consenso está de moda, pero creo que en el caso de Michoacán ocupamos un gobierno fuerte que legitimado por los votos, pueda llevar a cabo una agenda de transformaciones fundamentalmente ejecutivas, aun contra minorías estridentes que defienden intereses ilegítimos, y para ello no se ocupan pactos, se ocupa decisión y capacidad: convicciones más que consensos.  Un gobierno fuerte que bien puede empezar hoy en la oposición.

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