Ladies, gentlemen y cultura ciudadana

En las últimas semanas hemos atestiguado el ascenso del escándalo plenamente justificable, cortesía de una serie de personajes impresentables, políticos, exitosos miembros del sector privado o sus familiares. Y todos han hecho las delicias de comentaristas formales y aficionados, de las charlas de sobremesa y de los programas de análisis. Todos nos hemos escandalizado con estos bufos pasajes de nuestra vida pública que la hacen lucir más descompuesta aun, pero creo que la reiteración de los sucesos merece que nos hagamos algunas preguntas.

Primero hay que decir que esta proliferación es novedosa porque, merced de las redes sociales y el video al alcance de todos en todo momento, millones somos testigos de lo que antes solo unos pocos se enteraban. Además el impacto de la imagen se pone de manifiesto, forma nuestra percepción como la anécdota no podría hacerlo jamás. No hay mas personas comportándose en forma grosera y prepotente ahora que antes, hoy se les exhibe en HD.

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La prepotencia y el trato majadero hacia quien es percibido como inferior tristemente no son una novedad en nuestra sociedad. Esta es sin duda una de las aristas cortantes de nuestra cultura mexicana, hija de una sociedad de clases que casi fueron castas, la modernidad no ha terminado por borrar un elitismo sin fundamento que desprecia al pobre, al campesino, al obrero, al indígena, al marginal.

Las ladies y los gentlemen ventaneados recientemente no son seres tan distintos del resto de nosotros. Fueron retratados desde su peor ángulo, en su peor momento, pero no son desafortunadamente tan raras excepciones. La discriminación, la falta de respeto, la intolerancia, el influyentismo y la prepotencia son actitudes que tienen carta de naturalización en nuestra cultura. Lo que ha proliferado no son estos personajes sino los teléfonos móviles con cámara, las conexiones a internet y las redes sociales.

Los personajes son síntoma de una sociedad que no acaba de saltar a la modernidad y que sigue sin abrazar una cultura ciudadana, que supone igualdad, respeto, obediencia de reglas y castigo para los transgresores, en que los servidores públicos más que privilegios tienen responsabilidades y una de ellas es conducirse con mayor prudencia y sobriedad pues su vida, incluso su vida privada, ocupa una parte del espacio público y constituye referencia para los demás miembros de la sociedad. Por eso en otros países funcionarios de alto rango – electos y designados – dimiten cuando son sorprendidos en acciones indebidas.

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Pero quiero hablar de la otra cara de la moneda. De que nuestra sociedad debiera aprovechar momentos como estos para la reflexión y buscar caminos para mejorar nuestra cultura ciudadana y por lo tanto las bases de nuestra convivencia. Y esto también es tema del gobierno, pues lo que planteo no es una utopía moralina de extrema derecha. Es una política pública –concebida de hecho en gobiernos de izquierda – que permite reducir la criminalidad, los accidentes y las infracciones de tránsito, el consumo de drogas, la violencia, la discriminación, entre otras cosas.

Existen casos plenamente documentados como el de la alcaldía de Bogotá en los años noventa que aplicando modelos y políticas para mejorar la convivencia se logro reducir el índice de homicidios, las muertes asociadas a accidentes viales, se logró incautar cifras record de armas de fuego y reducir el desperdicio de agua drásticamente.

El fundamento de esto es que la ley no es la única forma de imponer una conducta. De hecho la moral y las costumbres sociales son más eficaces para regular el comportamiento, aun cuando la misma conducta sea un delito. La mayoría de nosotros no nos abstenemos de herir o matar a otro ser humano porque sea un delito, sino porque creemos en respetar la vida humana, es un asunto moral. Y usar la reprobación social de conductas que dañan la convivencia es una magnífica estrategia para reducirlas.

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Y vaya que hay muchos lugares por donde empezar. En nuestro entorno inmediato ocurren muchas cosas que dañan nuestra convivencia y que repararlas cuesta dinero público. Arrojar basura, desperdiciar agua, estacionarse en lugares prohibidos, abordar o descender del transporte público en cualquier lugar, no respetar las reglas de tránsito son conductas emparentadas con las que practican las ladies y los gentlemen que hemos atestiguado. Maltratar a empleados, vigilantes, meseros y otras personas no es tan poco común, en muchas ocasiones lo que ha faltado es la cámara.

Así que bien valdría empezar por alguno de nuestros defectos comunes y organizarnos para superarlo, por supuesto que los teléfonos y el twitter harán su papel, pero una buena convivencia se funda en el respeto y para desarrollar esa y otras virtudes cívicas la tecnología no es suficiente, hay que regresar a la buena y ancestral práctica de reprobar lo que nos daña, si se impulsa como acción pública el gobierno puede evitarse muchos dolores de cabeza y ahorrar dinero, y nuestros escándalos habrán servido de algo.

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