El derecho al propio tiempo

Hagamos un alto en el seguimiento cotidiano de la información y el análisis de las coyunturas para hacer y responder una pregunta más profunda: ¿qué es lo más valioso que tiene un ser humano? Mi respuesta es el tiempo. Aun cuando las concepciones filosóficas puedan variar, el debate –que no me interesa dar – nos llevará mas o menos a donde mismo. La vida está hecha de tiempo, el tiempo es la medida de la vida y como todas cosas       importantes nos ha sido dado por igual a todos los hombres y mujeres de la tierra, y por lo tanto el derecho al tiempo sería uno de los derechos humanos fundamentales, el derecho a que nuestro tiempo sea respetado, a disponer de él y a usarlo y disfrutarlo a nuestro albedrío.

Esta idea no es mía. La formulación del derecho al tiempo más lúcida y culta que conozco es obra de Carlos Castillo Peraza, unos meses antes de su muerte que nos dejó a tantos en la orfandad intelectual, y que publicara la revista Nexos allá en el año 2000, bajo el título de ¿Qué gobierno para México? Mientras el pasado lunes hacía una fila tras otra para realizar un trámite más inútil que el anterior recordé este texto luminoso y acudí a él para recordar como un mantra que el mejor gobierno es el que respeta el tiempo de sus ciudadanos. Trataré que reflexionar sobre el tema no me lleve a mal plagiar al maestro.

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Primero y a manera de protesta, refiero brevemente mi vía crucis. Perdí mi licencia y para obtener una nueva, debí acudir a las oficinas de tránsito del municipio y del estado a solicitar sendas constancias de no infracción que me fueron expedidas sin investigación ni control, después tuve que presentar una denuncia ante el ministerio público, increíble pero cierto, supongo que contra mi mismo y por idiota. También debí tramitar un certificado médico que da tanta información de mi estado de salud como podría obtenerse de un saludo en la calle y ya pertrechado de este legajo, con sus respectivas copias, pude comparecer ante la Secretaría de Administración donde tras una espera considerable me expidieron una nueva licencia. En toda la andanza perdí más de cinco horas de mi vida que no puedo recuperar y que estoy convencido que eran absolutamente innecesarias para el gobierno.

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El problema que subyace no es la de procedimientos administrativos inadecuados, empleados malhumorados o ausencia de tecnología. El problema es de concepción. El gobierno desprecia al ciudadano y por lo tanto, le resulta indiferente lo que el ciudadano debe sufrir para cumplir con sus designios, y ante cualquier decisión de política pública el optar por acciones que redunden en respeto por el individuo no es siquiera una disyuntiva frente a otro tipo de medidas.

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En este modesto caso, no es opción que la información sobre las infracciones de tránsito esté centralizada y compartida por los diferentes entes, el camino es que el ciudadano acuda ante cada autoridad y sea él quien reúna la información que acredita que no ha violado la ley, cuando la obligación debería ser a la inversa: el estado debiera acreditar que el ciudadano infringió una norma para negarle un servicio o imponerle una sanción. Lo que el estado no hace se remedia expoliando el valioso tiempo del ciudadano.

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En el derecho al tiempo hay otra arista. El gobierno de alguna forma valora el tiempo, hasta lo paga. Pero el tiempo de sus burócratas, que cobran por las horas que pasan trabajando en las oficinas públicas, pero que es desperdiciado en trámites inútiles. Volviendo a mi modesto caso, ¿cuál bien público se obtuvo de todo mi recorrido por diferentes oficinas? Ninguno. El verificar mi aptitud física para conducir con ese examen médico es una ilusión. Asegurarse que no burle yo la ley simulando la pérdida de mi licencia cuando esta me fue incautada, es una pretensión ridícula. Ninguna de las entidades disponía de la información para saberlo y quedaba la posibilidad de que mi infracción fuera cometida en otro municipio – por no hablar de otro estado o una jurisdicción federal, mejor no doy ideas. ¿Comprobar mi identidad o mis datos personales? Ni les corresponde ni son eficaces en ello, pues bien pude presentar datos diversos. Por cierto, en franca violación la Secretaría de Administración no da aviso de privacidad en el trámite de licencia.

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Y cuando ningún bien público se genera y sí otros bienes públicos y privados se pierden – como el costo de tantos trámites y mi propio tiempo – definitivamente algo está mal con ese gobierno. Mi caso es lo de menos, por lo pude ver es recurrente, y como este trámite hay muchos más. Por supuesto el camino es seguir combatiendo todos los trámites gubernamentales inútiles y mejorando la calidad de la administración pública, pero lo más importante es un cambio cultural que debe empezar por el ciudadano, debemos primero ser conscientes del valor de nuestro tiempo y defenderlo frente al gobierno y exigirle cada vez más que respete lo más preciado que tenemos, la sustancia de la que está hecha nuestra vida.

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