Tres segundos

Tres segundos bastaron el sábado pasado en la Arena Ciudad de México para que la XVII Asamblea Nacional Extraordinaria del PAN tomara un rumbo inesperado. El acto fue la continuación de los trabajos del 16 de marzo que se quedaran en suspenso cuando, tras de que la propuesta de Javier Corral para que el Comité Nacional y los comités estatales del PAN sean electos por voto directo de la militancia prosperara para sorpresa de todos y el quórum se rompiera.

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Aquel día Gustavo Madero emprendió una fuga hacia adelante, vio a donde marchaban los panistas y se puso al frente de una reforma que no era suya y en la que nunca había creído, hasta ese día. La estrategia funcionó. Con la suspensión de la Asamblea ganó tiempo y propuso su “armonización” con el resto del texto estatutario no tocado, porque la reforma había sido un vendaval. Pero la armonización era tramposa. No sólo ajusta los detalles sino que limita en forma sustancial las facultades del Comité Ejecutivo Nacional y los directivos estatales. Reduce el terreno ganado por la militancia, que ahora elige gerentes más que presidentes y se lleva todas las facultades importantes a un nuevo órgano creado a imagen y semejanza de los anteriores y poderosos comités: las comisiones permanentes.

Don Gustavo y su equipo operaron. Ondearon la bandera de dar el poder al militante y pusieron en práctica la lección de El Gatopardo, la magistral novela de Lampedusa   , que se resume en una sentencia: que todo cambie para que todo siga igual. Realizaron giras por todo el país, llevaron delegados en camiones, contaron con edecanes que repartieron volantes, camisetas y calcomanías, y lo más importante idearon un procedimiento inédito de votación: la armonización no se podía discutir artículo por artículo. Se aceptaba o se rechazaba en su totalidad.

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Por eso algunos nos opusimos a ella. Por qué escamoteaba parte del terreno ganado por la militancia, porque daba continuidad al elitismo que se pretendía extinguir, porque engañaba, por gatoparda. Ya en la Asamblea y en mitad de las intervenciones a favor y en contra de la armonización, los opositores fuimos los primeros en sorprendernos que la aprobación no era cosa segura y que la tradición asambleísta del PAN jugaba contra las maniobras de la dirigencia. Los discursos terminaron y los delegados estaban polarizados. El “Sí” requería mayoría de las dos terceras partes de los presentes para prosperar.

Entonces vinieron los tres segundos.

Después de pedir que se manifestarán los delegados levantando cartones de “Sí” y “No” a nuestro paisano Marko Cortés, que conducía la Asamblea, le bastaron tres segundos, sin consultar a los escrutadores ni a nadie, para contar los más de cinco mil votos que se alzaban en las manos de otros tantos delegados y decretar que el proyecto de armonización contaba con la mayoría requerida, además con una frase ignominiosa: “¡Felicidades, evidente mayoría!”.

No tengo duda de que se felicitaba a sí mismo, felicitaba a su mentor y protector Gustavo Madero y a los miembros de su grupo. No podía felicitar a la militancia, lo sé por lo que ocurrió después. De inmediato las protestas empezaron a brotar espontáneamente, no tanto por el resultado como por el atropello. La simple mayoría no era evidente, la de dos tercios era inaudita. Lo único evidente era una burda maniobra para sacar adelante el proyecto de armonización a cualquier precio. Y así fue.

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A partir de ese momento la mesa directiva de la Asamblea quedó envuelta en una cápsula  a prueba de realidad. Primero argumentos, luego reclamos, súplicas, insultos, burlas. Al final consignas de “fraude” y “fuera” acompañadas de proyectiles varios como pedazos de fruta, bolas de papel y latas de refresco. Nada fue suficiente para provocar, ya no digamos el exigido voto por cédula o al menos un recuento. El zafarrancho en que intervino la seguridad de la Arena y en que hubo más de un golpeado, no pudo arrancar siquiera una explicación o una respuesta. Los integrantes de la mesa leyeron mecánica y velozmente el guión de la Asamblea ignorando cuanto ocurría. Absolutamente todo. Una oradora los diagnóstico con precisión: “ustedes ni nos ven, ni nos oyen”.

Al final, cantaron el himno y difundieron su beneplácito por todos los medios, del aplauso al tuiter, con indiferencia y desprecio hacia un grupo nutrido de panistas. La estrategia sigue y seguirá, nos tratarán de convencer que allí nada pasó y de su mundo rosa.

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La Asamblea probablemente será menos impugnada de lo que cabría suponer porque la Reforma, reducida y maniatada, gatoparda, es mejor que el Estatuto que le precede. Es mejor elegir comités débiles que no elegirlos, es preferible lidiar con las comisiones permanentes que con los actuales órganos directivos. A menos que el plan de armonización incluya que la reforma fracase en los tribunales. Después de lo vivido, creo en los complots. Así que el futuro es incierto. Esta incertidumbre que pudo evitarse con un poco de prudencia es uno de los mayores daños a la institución. Los procesos que vienen serán sin duda conflictivos y alejarán al PAN de los ciudadanos.

A pesar de la sistemática negación, Gustavo Madero y el CEN perdieron el sábado. Perdieron ganando, pues su victoria fue pírrica. Perdieron la medalla de ser los democratizadores del PAN, perdieron su imagen conciliadora, mostraron su vena autoritaria y su mediocridad, pues las pérdidas no son producto de una ofensiva orquestada por sus adversarios, sino fruto de su impericia y soberbia, llevadas al máximo durante tres segundos.

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