Los tres problemas del PAN

Hace un año en esta misma columna, en la ocasión de un aniversario más de la fundación de Acción Nacional, recapitulé algunas razones por las que el PAN ha sido valioso para México. He releído mi texto antes de escribir estas líneas y confirmo lo dicho. Pero un año después, quiero referirme a tres grandes pendientes que Acción Nacional tiene consigo mismo y con los mexicanos a los que debe servir de vehículo para intervenir en la vida pública. Así me atrevo a plantear los tres vicios que para mal han cambiado al PAN en los últimos 15 años y que lo han alejado del ideal ciudadano de sus fundadores, y peor aún, de sus electores.

En cuanto a reglas y procedimientos, la democracia es sencilla y el autoritarismo complejo. Con esa regla puedo afirmar que el PAN es cada vez más autoritario. Comisiones, reglamentos e instancias hacen de la vida institucional panista un laberinto para el que ningún ciudadano común está preparado. Las dirigencias panistas han edificado una muralla burocrática muy difícil de penetrar con la que sostienen arbitrariedades hasta las últimas consecuencias. No es casual que el PAN es el instituto político con más litigios iniciados por sus militantes ante el Tribunal Electoral. Las designaciones de candidatos y la imposición de la armonización estatutaria no hubieran ocurrido sin el grueso y tramposo capullo de procedimientos, trámites, instancias, plazos y callejones sin salida que las protege.

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El capítulo más lamentable de la autoritaria complejidad burocrática del panismo es su proceso de afiliación. A mi juicio para ser panista debiera bastar querer ser panista. Pero para manifestar esa voluntad, cada vez más escasa, hay que atravesar un largo proceso marcado por la desconfianza y la incertidumbre, que provoca que las únicas afiliaciones que prosperen sean las de origen corporativo y no las de los ciudadanos independientes.

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Pasemos a otro problema. Nadie como los panistas conoce el poder de la democracia, y por eso en el PAN hay un miedo creciente hacia la democracia. Alejados de demagogias, ser demócrata no es más que ajustarse a la regla de la mayoría. Ante cualquier decisión, todos los integrantes de un conjunto social votan, los votos se cuentan bien y gana el que tiene más. Cuando aparecen reglas que cambian principios como el de una persona un voto, o cuando ciertas decisiones se limitan a elecciones por delegados o quedan reservadas para cuerpos colegiados supuestamente representativos, hay que revisar muy bien, pues es muy posible que las cosas se tuerzan en el camino.

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Es lo que sucedió con la reforma estatutaria. Sí elegiremos al Presidente y al Comité Ejecutivo Nacional por voto directo, pero ahora existirá una Comisión que elige el Consejo Nacional y que tiene todas las atribuciones que antes tenía el CEN. Sí los militantes votan para elegir consejeros nacionales, pero por delegados y uno de cada cinco integrantes del Consejo no son electos. Sí votamos para elegir candidatos, siempre y cuando los distritos o los municipios no se reserven por razones misteriosas, y a sabiendas que la Comisión de Elecciones quita y pone votos a placer a la hora de los recuentos.

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Finalmente me referiré a un cambio de ánimo en los panistas. Cuando yo me afilié hace 18 años nadie pedía incondicionalidad y nadie estaba dispuesto a darla. Hoy es la regla. La lealtad entre grupos se exige y la independencia se castiga, la lealtad hacia el grupo se ha puesto por encima de la lealtad a la institución, por encima de la honestidad intelectual y hasta de la libertad personal. Se han diseñado estructuras y mecanismos para adquirir y preservar lealtades. La incondicionalidad se cambia por privilegios de todo tipo, y cada proceso interno es una guerra civil sin tregua y sin campo común.

Estos tres problemas, burocratismo, temor a la democracia e incondicionalidad a cambio de prebendas, han desdibujado al PAN. Y casi todos los liderazgos partidistas somos corresponsables de ellos. Son tres vicios que nos distancian del ciudadano independiente que durante mucho tiempo nos dio su voto, pues atentan contra los fundamentos de una sociedad abierta. Hoy libertad, justicia y honestidad son valores a la baja en el PAN, más bien se habla de lealtad, institucionalidad o equilibrio, lindos eufemismos para los problemas que he referido. Estos problemas no son los más evidentes, pero son los que subyacen a nuestra crisis y los nuevos códigos no escritos del panismo.

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Hablar del PAN siempre me acelera el corazón. Son años y experiencias, alegrías y tristezas que no se dejan atrás a la primera. A pesar de mi indudable militancia, trato de ser intelectualmente honesto, porque en política, si bien hay lugar para las convicciones y hasta para las pasiones, no lo hay para el cinismo y la mezquindad, ni para el fanatismo y la cerrazón. Militar no es abdicar de la conciencia ni renunciar al pensamiento. En su 74o aniversario, la doctrina humanista de Acción Nacional está vigente y es innegable su contribución histórica para un México más libre y próspero. Pero el PAN que necesita nuestro México es uno de mujeres y hombres capaces de pensar en libertad y de defender su pensamiento de los intereses coyunturales de los grupos que dominan su vida interna y que lo tienen en permanente agitación. México necesita al PAN del ideal ciudadano, al PAN de la libertad, la justicia y la honestidad.

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