Los motivos espirituales

En un acto disonante con el clima de polarización vivido en el Senado de la República en días pasados, se entregó post mortem la Medalla Belisario Domínguez a Manuel Gómez Morín (1897 – 1972) quien fuera un brillante abogado, fundador del Banco de México, del Banco de Crédito Agrícola, de la Escuela Bancaria y Comercial, subsecretario de Hacienda, Director de la Escuela de Jurisprudencia, Rector de la UNAM y fundador y primer Presidente del Partido Acción Nacional.

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En febrero del año 2004 sus restos se trasladaron a la Rotonda de las Personas Ilustres, lo cual constituye un precedente a este homenaje, que se rinde bajo el gobierno de un Presidente al que el homenaje al fundador de uno de sus partidos opositores, le mereció dos tuits. Nada nuevo en Peña Nieto ni en el PRI. Gómez Morín fue un activo opositor de los regímenes priístas y es uno de los personajes más denostados en la retórica de entonces: conservador, defensor de Maximiliano, gachupín, banquero, mocho, confesional, capitalista, pequeño burgués, a reserva de mejorarlo, fueron algunas de las mentiras incontables que sobre él se dijeron y escribieron durante décadas. Que hoy se le honre sin aspavientos es de por sí, un signo de los nuevos tiempos.

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Sobre él se han escrito libros como Manuel Gómez Morín 1915-1939 (María Teresa Gómez Mont), Caudillos Culturales de la Revolución (Enrique Krauze), Los Siete Sabios de México (Luis Calderón Vega) y Manuel Gómez Morín, Constructor de Instituciones (Carlos Castillo Peraza). Por su parte, Gómez Morín es autor de numerosos libros, de los que destaco su ensayo “1915” y el libro de sus discursos como Presidente del PAN (1939 – 1949), que lleva por título “10 Años de México”, y los cuales los panistas tenemos por costumbre citar profusamente en los primeros 30 minutos de una asamblea, antes de dedicarnos a deshonrar la memoria de su autor durante el resto de la misma.

Ambos son textos luminosos en que el hilo conductor es la transformación de un México postrado por el “dolor evitable”, el que unos hombres causan a otros, en un México de libertades y de prosperidad, a través de la práctica cotidiana de la solidaridad. Gómez Morín era un católico practicante, al que sus convicciones no le estorbaban para defender una sociedad abierta y hacer política sin atavismos ni confesiones. Gómez Morín era un pensador liberal, al que sus ideas no le impedían abrazar su fe y vivir según ella.

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La visión de la política de Gómez Morín es idealista y se funda en que el ser humano cumpla con un destino superior. Sin ser una visión religiosa, postula la existencia de un espíritu humano y apela a los valores que se desprenden de la misma: la búsqueda del bien, el respeto a la dignidad humana, y ante todo, la responsabilidad como piedra angular del libre ejercicio de la voluntad. Su último discurso como Presidente Nacional del PAN es un genuino testamento político. Más que redundar en una doctrina que a lo largo de una década se había consolidado con absoluta claridad, Gómez Morín establece la actitud que define a un político que se asuma humanista y demócrata. 

“Que nunca falten motivos espirituales en nuestra Organización”, sentencia, pues la política no puede ser instrumento hueco de la búsqueda del poder. La política es instrumento de la elevación humana, había escrito en otro texto, y sólo puede entenderse como un bien público que permite organizar y realizar los otros bienes sociales. La política con propósito y contenido. Una política de convicciones en que se puede perder una votación parlamentaria o una elección, pero no la brújula moral ni el objetivo programático.

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Gómez Morín no era un ingenuo ni caía en el academicismo. Conocía las duras realidades de la práctica política, en la oposición y en el ejercicio del gobierno. Era un acucioso redactor de leyes y un arquitecto de políticas públicas visionarias. Su defensa de la democracia y la libertad en un mundo fascinado por los totalitarismos, que era ridiculizada por el priísmo del “carro completo”, no era un misticismo, era la eficaz construcción a largo plazo de una ciudadanía y una democracia a las que hemos arribado parcialmente, gracias al empeño de personas como él.

Lejos está hoy Acción Nacional de la visión de su fundador. El PAN sucumbe a la dinámica del actual gobierno en la que todo es negociable, el reinado de los operadores políticos, por encima de los políticos a secas, cada vez más escasos. La visión de que gobernar es acordar, que el consenso – en torno de lo que sea – es el valor supremo y en que el proyecto de país no es sino un lienzo armado de los jirones que se arrancan de negociaciones cada vez más aviesas e inconfesables.

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A México le urge la recuperación de la política en la visión de Manuel Gómez Morín y de la que alguna vez el PAN fue portavoz. La política en que el ciudadano tiene el primado, en que se defiende un proyecto de país que contiene verdades que no se negocian, aun cuando sean transitoriamente derrotadas en el parlamento o en la urna, en que se defiende la democracia y la libertad a todo trance. Una política con motivos espirituales.

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El PAN y el Acuerdo por Michoacán: es hora de irse

Cuando el pasado 29 de agosto se firmó el Acuerdo por Michoacán yo dije que era forma sin fondo, un cascarón que apenas enlistaba algunas tareas básicas del Gobierno Estatal y pretendía vestirlas de grandes acuerdos políticos. Con la ausencia del PRD y la irrelevancia del resto, el PAN fue entonces el ancla del acuerdo. Durante dos meses el instrumento no ha reportado un solo avance y hoy la política estatal, con el regreso de Fausto Vallejo a la gubernatura, ha sufrido un profundo reacomodo que incluye la salida del impulsor del Acuerdo, Jesús Reyna, no sólo de la gubernatura sino de la Secretaría de Gobierno. A mí me parece natural que los ciudadanos nos preguntemos por la vigencia y viabilidad del Acuerdo. Pero especialmente para el PAN, repensar su permanencia en el mismo es obligatorio.

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Fausto Vallejo desde su regreso a la gubernatura apenas se ha referido al Acuerdo por Michoacán. En entrevista ha dicho que si “falta alguno” en clara referencia al PRD, no se puede hablar de un gran acuerdo. En esto tendría razón si el Acuerdo estuviera en proceso de firmarse, pero en la circunstancia actual esta afirmación es más un desprecio por los firmantes, que un guiño a los que desairaron el instrumento, lo cual además hace sentido con dos hechos directamente vinculados a la licencia de Fausto Vallejo. Fue el PRD quien se unió al PRI para prorrogar su licencia y fue Fidel Calderón, en su carácter de Presidente de la Mesa Directiva del Congreso quien facilitó su reincorporación como gobernador. Aunado a las declaraciones sobre la honorabilidad de Leonel Godoy, es claro donde busca el gobernador a sus aliados.

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El PAN, acertadamente, ha mantenido una postura mucho más incisiva sobre el regreso de Fausto Vallejo. Ha subrayado la necesidad, la obligación moral que tiene el gobernador de decir la verdad sobre su estado de salud y el daño que la incertidumbre sobre su permanencia y aptitud le provoca al estado. Me parece que ningún pacto que omita la condición del gobernador Vallejo y las medidas a tomar para dar gobernabilidad ante una nueva ausencia es insustancial.

Por otra parte, justo después de la reincorporación de Fausto Vallejo se desató una serie de eventos desafortunados de violencia del crimen organizado contra la población civil, que el mandatario estatal desestimó. Mientras el PAN habla de terrorismo, el Ejecutivo dice que es vandalismo. Los michoacanos son muy inquietos dice Vallejo Figueroa. La diferencia es fundamental. ¿Cómo podemos estar en un Acuerdo ante una visión divergente para abordar estos hechos tan graves?

Particularmente el tema del crimen es siempre delicado. No podemos olvidar que el PAN en su momento acusó al PRI y al propio Vallejo de haber ganado la elección con ayuda de la delincuencia organizada. De hecho la excandidata y senadora, Luisa María Calderón, una de las firmantes del acuerdo,     no ha quitado el dedo del renglón y recientemente desató la furia del recién llegado gobernador, quien en sus más tempranas reacciones la llamó miserable y enferma del alma, y se refirió a su cuestionada victoria electoral como un hecho que genera el rencor del panismo. El PAN fue generoso al dejar atrás el tema de la legitimidad del gobernador y la limpieza de la elección, y hoy ante un cuestionamiento, es Fausto Vallejo quien fustiga al PAN con un tema del que no saldrá bien librado si se debate abiertamente. ¿Se puede estar en un acuerdo con una contraparte así?

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Por otro lado, la parálisis del Gobierno Estatal se ha profundizado. No sólo los nombramientos de los titulares de la Procuraduría de Justicia y la Secretaría de Administración y Finanzas no han ocurrido, sino que se avizoran relevos en áreas fundamentales del ejecutivo como la misma Secretaría de Gobierno o la de Educación, con lo que la crisis del gobierno local puede agudizarse. Eso sin considerar que al interior del gabinete y del PRI hay una disputa por el poder entre dos grupos antagónicos.

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Yo creo que el PAN participó originalmente del Acuerdo por la inercia que sobrevalua los consensos, y cuya mayor debilidad es menospreciar los principios. La sociedad busca claridad en los actores políticos. No podemos decirle a todo el mundo, todo el tiempo, todo lo que desea escuchar. Quien sostiene posiciones claras se arriesga a no complacer, pero quien no toma definiciones se arriesga a perder su identidad.

El PAN se desdibujó peligrosamente tras su paso por el Gobierno Federal y con el Pacto por México a veces luce irreconocible. En Michoacán no debe exponerse a ser comparsa de un gobierno errático y débil, que no se pronuncia con firmeza sobre los asuntos que más preocupan a los michoacanos y que es incapaz de cumplir con sus funciones elementales y de resolver los grandes problemas del Estado.

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