Los rostros del debate panista

Si bien podemos decir que México es una democracia, los largos años de autoritarismo priísta no permitieron el desarrollo de una cultura democrática. En el reino de las formas del viejo régimen no hay lugar para las verdades desnudas, a la ética se antepone la estética. Por eso a los mexicanos la discusión pública nos produce inquietud. No nos gusta escuchar señalamientos sobre el desempeño de los actores políticos, nos suena a pleito. Por eso los debates en los procesos electorales apenas empiezan a arraigar, y por eso también siguen siendo acartonados y rígidos.

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El PAN durante más de medio siglo fue la excepción demócrata en el México autoritario. En su cultura está el debatir, a veces rabiosamente. Los debates públicos en México son parte de la victoria cultural de Acción Nacional, pero como en muchos otros campos el PAN se ha contagiado de prácticas autoritarias y ahora hay panistas a los que los debates les dan grima y debatir les da pánico. Uno de ellos es Gustavo Madero, que hizo cuanto pudo para reducir al mínimo el debate en el proceso de la renovación de la Presidencia del PAN y ya vimos por qué.

 

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Un solo debate, transmitido – es un decir – por internet, que algunos pudimos ver gracias a EfektoTV (canal de paga) en un formato cerrado, bastó para presenciar un Gustavo Madero intolerante y colérico, vacío de propuestas y cargado de rencores. De ideas ni hablar. Un Madero orgulloso de su relación simbiótica con el gobierno de Peña Nieto, con aversión visceral por el gobierno de Felipe Calderón, que evade su responsabilidad en los descalabros electorales del partido y trata de hacernos tragar la rueda de molino de que ha sido él quien ha empoderado a la militancia.

Esto último son dos mentiras en una: la militancia no está empoderada y ha sido Madero un activo defensor del status quo panista, que ante la sorpresiva incorporación de la votación de militantes para elegir al Presidente Nacional, saboteó la Asamblea y urdió una contrarreforma que pasó en forma fraudulenta y vergonzante con el concurso de quienes hoy son su compañero de fórmula y su coordinador de campaña.

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Madero atacó la militancia de Ernesto Cordero, señalándolo de afiliarse al PAN cuando ya trabajaba en gobiernos emanados del partido y presumió haber participado en las protestas contra el fraude en Chihuahua en la elección de 1986. Pero en este tiempo, según su biografía, laboraba en el Instituto Nacional de Capacitación Agropecuaria, empresa paraestatal del gobierno federal, por supuesto priísta. Madero se afilió según el Registro Nacional de Militantes el 27 de septiembre de 1999, después de haber participado en el gobierno estatal de Chihuahua como titular del COPLADE en la administración de Francisco Barrio (1997-1998). No es una postura de autoridad moral.

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Pero el centro del debate no es tan banal. Es la visión de partido y de Nación la que es radicalmente opuesta. Madero se ha acomodado en la estrategia del gobierno de Peña Nieto como un colaborador, como un comparsa. Él mismo califica su postura como la de cogobernante. Eso para muchos panistas resulta vergonzoso, porque la administración priísta no está llevando al país por una senda que sea coincidente con el proyecto de Nación que Acción Nacional puso en marcha en los doce años que ocupó la Presidencia de la República.

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Los acuerdos legislativos son una parte fundamental de la vida pública. El PAN ha tenido acuerdos legislativos con los gobiernos del PRI desde hace muchos años, y nunca los presidentes de nuestro partido obtuvieron a cambio de su voto, partidas presupuestales discrecionales que se tradujeran en “moches” y tampoco se asumieron como cogobernantes. Madero platea la falsa disyuntiva de que solo se puede ser oposición optando entre la sumisión y una negación sistemática y pedestre, como la que en muchos casos enfrentaron Fox y Calderón. Esta visión maderista es una negación de la historia y la tradición parlamentaria de Acción Nacional.

Finalmente el debate evidenció lo que ha sucedido en el proceso electoral panista. Madero apostó por construir una maquinaria electoral interna, financiada por las prebendas que obtiene cogobernando con Peña Nieto, soportada en los comités estatales y municipales, donde han colocado gerentes en lugar de presidentes y desde allí han manejado el padrón de militantes a su gusto. También se ha apropiado de todos los órganos de deliberación y contrapeso internos, como los consejos o las comisiones electorales para atrofiarlos y operar sin obstáculos. Sin embargo, estas tácticas se han revelado insuficientes para ganar la elección interna, al menos con la comodidad que él y su equipo esperaban. A pesar de todo, Ernesto Cordero puede ganar la elección del 18 de mayo, y eso era lo que reflejaban los rostros de los candidatos el día del debate.

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