La paradoja partidista

Si preguntamos, ya sea en una encuesta formal o por nuestra cuenta para matar el tiempo, cuál es el mayor mal de la democracia en México – y hasta en México a secas – la respuesta más probable es: “los partidos políticos”. Beneméritas instituciones que no han frenado su caída en las encuestas que miden la confianza ciudadana, en todo el mundo, y que a pesar de su profunda crisis de credibilidad, no solamente están más fuertes que nunca, sino que parecen destinados a mantenerse como los pilares de la vida pública, a pesar de las escaramuzas antipartidos cada vez más frecuentes.

La verdad es que nada debe de extrañarnos. La democracia representativa, la forma política que domina el mundo occidental desde finales del Siglo XIX y hoy la más extendida del mundo, está concebida desde y para los partidos políticos. En México la falta de partidos se advertía como un problema a principios del Siglo XX y la debilidad de los partidos opositores fue un obstáculo para la democracia durante buena parte del mismo. De hecho la transición a la democracia mexicana puede leerse como el proceso de empoderamiento de los partidos – distintos al PRI – hasta volverse competitivos y la reingeniería del PRI para transitar de secretaría de estado a fuerza política.

Los partidos políticos mexicanos llevan casi medio siglo acumulando fortalezas y privilegios: diputados federales de partido, más tarde de representación proporcional, después diputados locales, regidores y senadores electos por el mismo principio, financiamiento público, tiempos oficiales de radio y televisión, participación en la integración de órganos y tribunales electorales, control del Poder Legislativo, y participación en la negociaciones donde se decide el destino de la Nación.

La disyuntiva es, si no es posible una democracia sin partidos, paradójicamente, ¿nuestra democracia es posible con estos partidos? La ruta de la partidocracia en que nos hemos convertido pareciera, al mismo tiempo agotada y enrutada a la permanencia, lo cual es peligroso pues normalmente las rupturas que se han presentado a situaciones semejantes en otros países, han sido revoluciones seguidas – como siempre – de tiranías.

Los partidos han acumulado privilegios que no están dispuestos a perder y por ello ante cualquier iniciativa que amenace el status quo reaccionan con violencia, sean nuevos partidos, candidaturas independientes o movimientos sociales, la respuesta es su desarticulación y su asimilación al régimen. Así operó exitosamente el PRI por décadas. Coptaba partidos de oposición, sindicatos, gremios, medios de comunicación, asociaciones y un interminable etcétera. Ahora los partidos dominantes, todos expresiones de la misma cultura, todos asimilados al sistema, buscan coptar todo lo distinto, o bien, eliminarlo.

En México hemos transitado de un régimen en que poco importaba la ideología y el rumbo del gobierno, siempre y cuando el poder no saliera del PRI; a un régimen en que poco importa la ideología, el rumbo del gobierno y el partido que lo ejerza siempre y cuando el poder no salga de una clase política oligárquica. La elección del 2015 lo confirma, fuera de la excepción que representan los candidatos que han encontrado cobijo en partidos no tradicionales y de algunos candidatos independientes, se trata de una defensa del status quo, particularmente del que emergió con el Pacto por México y un reajuste de fuerzas para la contienda del 2018. Pero el que espere cambio –a escala nacional – de las urnas del 7 de junio es un ingenuo.

En muchos sectores sociales, incluso en los mismos partidos hay personajes, grupos y ciudadanos que no comparten la agenda de la oligarquía en turno, pero no se ve que aun tengan una estrategia común o que sus esfuerzos puedan alcanzar masa crítica en un breve plazo. Pero es necesario que quienes tenemos una visión semejante de esta necesidad de cambio institucional, de transformación del sistema de partidos, de romper este pantano de intereses y corrupción en que se ha convertido la vida pública, sin destruir el sistema democrático, empecemos a dar forma a las alternativas, antes de que la impaciencia y el malestar que están en el ánimo social, impongan soluciones no democráticas.

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