Para bien y para mal: los mismos de siempre

Que el PRD y demás partidos de izquierda se opongan a la apertura del sector energético a los capitales privados no es nuevo. Que el PAN haya promovido la reforma constitucional en ese sentido tampoco es una sorpresa. La diferencia tras varios intentos fallidos de modificar la Constitución para quitar el monopolio energético de las manos del Estado es la postura del PRI, que apenas hace cinco años le negó una reforma menos ambiciosa al Presidente Calderón, siendo senadores, por ejemplo, Manlio Fabio Beltrones, hoy coordinador de los diputados priístas y operador de la reforma o Pedro Joaquín Codwel, ahora Secretario de Energía.

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Hay quienes dicen que el PRI se ha corrido a la derecha, como en los tiempos de Salinas, agregan los afectos a las teorías conspiratorias. Yo sigo sosteniendo que el PRI solo tiene una ideología y es el pragmatismo. Si el PRI de Peña Nieto estuviera corrido a la derecha no habría aprobado la  miscelánea fiscal que pretende hacernos creer que es una reforma hacendaria y que perjudica a las clases medias y a los emprendedores.    

Durante el año que ha transcurrido desde su regreso al Gobierno Federal, los priístas han demostrado que sus virtudes y defectos son los mismos de siempre. Son malos para ejercer el presupuesto bien y a tiempo, pésimos para combatir la pobreza, están paralizados ante el crimen organizado y la economía se les hace bolas. Pero para la política son muy buenos. Lo suyo es el manejo de la corte y allí le llevan ventaja a todos los actores políticos de México, por una sola y poderosa razón: nada los ata, ni la ideología, ni sus bases sociales, ni un compromiso ético. Son absolutamente pragmáticos.

El Pacto por México sirvió en el principio de la administración para reducir la conflictividad tras la elección. Aprovechando la debilidad en que se encontraban las dirigencias del PRI y del PRD, además de la afortunada coincidencia del estilo personal de Zambrano y Madero, el nuevo gobierno encontró interlocutores a modo, expertos en beneficiarse de pactar pequeñeces. El límite del pacto era uno y muy simple: la reforma constitucional en materia energética, pero el PAN estaría encantado de sumarse, pues el tema representa un compromiso histórico y programático.

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Con la mayoría calificada en ambas cámaras del Congreso de la Unión, el resto era sencillo. Anular al impresentable Romero Deschamps, mantener dividida a la izquierda con base en concesiones en temas varios y mucho dinero para el Gobierno del Distrito Federal y activar a través de los gobernadores las mayorías necesarias en los congresos estatales en un tiempo record. Los operadores del PRI hicieron gala de sus habilidades y como peces en el agua consiguieron lo que ellos mismos negaron por 12 años, en unos cuantos días y hoy defienden la apertura del sector energético como si fuera su lucha histórica o como si se les hubiera caído una venda de los ojos.

 Yo he defendido la postura de abrir el sector energético y creo que la reforma es una buena reforma. Como estoy hecho a las instituciones republicanas, estos pactos de pasillo y las maniobras que llevan al vertiginoso estilo legislativo de estos días, me dejan con un extraño sabor de boca. Porque sé que ese pragmatismo, así como hoy produjo un cambio con el que estoy de acuerdo, puede producir monstruos (como ya pasó en el tema hacendario). La lentitud de algunos procesos institucionales tiene razones y virtudes que hoy se soslayan con el eslogan de “Mover a México” que aprovecha bien el cansancio y la sensación de parálisis de muchos mexicanos.

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Por otro lado, al PRD le han dejado una salida digna pero falsa. Con la aprobación de la consulta popular, todos juegan a que el asunto se zanje en 2015, a sabiendas de que el tema, como está actualmente estructurada la figura de participación, es improcedente. Es la misma historia que los amparos contra la miscelánea fiscal. Lo que olvidan algunos, es que este tipo de expectativas incumplibles son las que causan el desanimo y la ira de los ciudadanos.

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Y no son las únicas expectativas incumplibles. Se ha mentido abiertamente diciendo que con la reforma energética se va abaratar el gas, la luz y la gasolina. Lo cual es falso. No hay manera de que los precios bajen a menos que el gobierno vaya a dilapidar los recursos frescos que obtendrá en subsidiar energéticos, lo cual sería un error brutal. Por otro lado se ha dicho que me crearán miles de empleos, lo cual es solo parcialmente cierto, pues falta ver las leyes secundarias y la puesta en operación de las reformas, lo que puede llevar todo el sexenio.

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Podemos estar en un mundo muy distinto al prometido, con combustibles caros, con una reforma política fallida, sin consulta popular y sin el crecimiento y los empleos anunciados, apalancado todo, la economía, el gobierno, el PRI y hasta sus cómodos opositores, en el endeudamiento histórico que le fue aprobado con apoyo del PRD. No soy tan pesimista pero puede pasar, y con estos opositores débiles, divididos y obsequiosos, el pragmatismo priísta hará de las suyas.

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No me gusta su reforma política

Está dicho. Antes diré también que entiendo que los cambios deben ser graduales y acepto que a la hora de legislar no podemos asumir posturas de todo o nada, pero hay cosas que sencillamente no me gustan de su reforma. Ahora trataré de explicar por qué. Empezaré por decir que en ella hay cosas muy buenas y que excluiré de mi diatriba: la autonomía del Coneval, ese organismo desconocido que evalúa los resultados de las políticas públicas en materia de desarrollo social y que ha hecho un trabajo extraordinario, y que hay que preservar de la codicia gubernamental, especialmente ahora.

Hay otras cosas bastante sensatas como la ratificación de la estrategia de seguridad y la rendición de cuentas asociada a ella, o la participación del Senado en el nombramiento de los titulares de Hacienda y Relaciones Exteriores, la reducción del periodo entre la elección presidencial y la toma de protesta y el incremento en el umbral de votos necesarios para mantener el registro como partido político, incluso la paridad de los sexos en candidaturas al Congreso. Son buenas pero ninguna revoluciona la vida política. Es como cuando en una carretera se arregla una curva para que sea menos peligrosa, se agradece, pero si se dejan igual cientos más, el viaje sigue siendo el mismo.

Mis desacuerdos empiezan con esa ilusión que les hace a los legisladores cambiarles el nombre a las cosas. Creo que les da la impresión de que se elevan a la categoría de demiurgos. Por dejar de llamarse PGR o IFE, esas instituciones no han de funcionar mejor, es más, pasará un buen rato antes de que les dejemos de llamar por sus viejos nombres.

Hay medidas que serán más litigiosas que útiles, como la nulidad de las elecciones por violar el tope de gastos de campaña en forma “sistemática” y “determinante”, un par de palabras que han permitido cualquier trapacería en materia electoral y que ya nadie sabe que significan a ciencia cierta. Durante los primeros años de vigencia de este precepto vamos a experimentar un avivamiento del conflicto postelectoral. El que además sea sancionable solo cuando se excede por un 5% del tope de gasto, son como los 15 minutos de tolerancia que nos daba el maestro en la escuela. Una reforma a la mexicana, puedes hacer trampa, pero poquita.

Hay otras que están destinadas a convertirse en vetustos elefantes blancos, como el gobierno de coalición, que sin segunda vuelta (ese cambio sí que hubiera sido relevante) en la elección del ejecutivo es totalmente inútil. Coaliciones en el mundo hay de dos tipos: electorales como en Chile, que antes de la elección construyen un programa de gobierno y van por él a las urnas o parlamentarias como en Alemania, en que el equivalente del Presidente debe ser electo por más de la mitad de los diputados y a los de su partido no les alcanzan los votos, por lo que invitan a otros a gobernar. Ambos casos son de necesidad, nadie quiere compartir y esto lo soslayan nuestros legisladores.

Pero los temas mayores son dos y no me gustan:

El nombramiento de los consejeros electorales de los estados por el INE, es la única atribución real que se dio al súper IFE que nació bastante enclenque. Será factor de conflicto muy fuerte, moneda de cambio, espacio para el tráfico de influencias, y en nada garantiza la independencia de estos organismos. ¿O no hemos visto vocales ejecutivos y consejeros locales del IFE postrados ante el gobernador del estado en que despachan? Además seguimos en ruta para desmantelar el federalismo que tímidamente empezábamos a construir. Hemos asumido que los problemas que conlleva un pacto federal se resuelven con elementos centralistas.

Finalmente, la medida más trascedente de todas y quizá la única importante es la reelección. La de alcaldes está en manos de los congresos estatales. Es una historia por escribirse, pero no deja de ser buena noticia, pues permitirá en algún momento evaluar el desempeño de los ayuntamientos y abrirá la puerta de la continuidad en el desarrollo municipal.

La reelección legislativa la he defendido siempre, tiene múltiples virtudes en lo referente a rendición de cuentas y profesionalización del Poder Legislativo. Pero nace torcida, perversa. Uno de los objetivos de la reelección era restar poder a las cúpulas de los partidos y regresarlo a los electores, lo cual no va a ocurrir, peor aún las cúpulas partidistas se van a empoderar todavía más, con la persistencia de los diputados plurinominales y la posibilidad de que estos se mantengan durante periodos sucesivos, las oligarquías partidarias que no rinden cuentas, que no hacen campaña, que no son representativas, van a trasladar sus reales de las dirigencias partidistas a las Cámaras del Congreso. Estas son muy malas noticias.

Así una reforma con muchas pretensiones y celebrada por adelantado, terminó siendo un claroscuro que deja mucho por resolver en la legislación secundaria, pero que tiene más aspectos preocupantes que razones para el optimismo. El problema esencial sigue siendo la falta de legisladores demócratas. Otra vez, los anticuerpos priístas nos traicionaron cuando pretendimos avanzar.

Los motivos espirituales

En un acto disonante con el clima de polarización vivido en el Senado de la República en días pasados, se entregó post mortem la Medalla Belisario Domínguez a Manuel Gómez Morín (1897 – 1972) quien fuera un brillante abogado, fundador del Banco de México, del Banco de Crédito Agrícola, de la Escuela Bancaria y Comercial, subsecretario de Hacienda, Director de la Escuela de Jurisprudencia, Rector de la UNAM y fundador y primer Presidente del Partido Acción Nacional.

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En febrero del año 2004 sus restos se trasladaron a la Rotonda de las Personas Ilustres, lo cual constituye un precedente a este homenaje, que se rinde bajo el gobierno de un Presidente al que el homenaje al fundador de uno de sus partidos opositores, le mereció dos tuits. Nada nuevo en Peña Nieto ni en el PRI. Gómez Morín fue un activo opositor de los regímenes priístas y es uno de los personajes más denostados en la retórica de entonces: conservador, defensor de Maximiliano, gachupín, banquero, mocho, confesional, capitalista, pequeño burgués, a reserva de mejorarlo, fueron algunas de las mentiras incontables que sobre él se dijeron y escribieron durante décadas. Que hoy se le honre sin aspavientos es de por sí, un signo de los nuevos tiempos.

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Sobre él se han escrito libros como Manuel Gómez Morín 1915-1939 (María Teresa Gómez Mont), Caudillos Culturales de la Revolución (Enrique Krauze), Los Siete Sabios de México (Luis Calderón Vega) y Manuel Gómez Morín, Constructor de Instituciones (Carlos Castillo Peraza). Por su parte, Gómez Morín es autor de numerosos libros, de los que destaco su ensayo “1915” y el libro de sus discursos como Presidente del PAN (1939 – 1949), que lleva por título “10 Años de México”, y los cuales los panistas tenemos por costumbre citar profusamente en los primeros 30 minutos de una asamblea, antes de dedicarnos a deshonrar la memoria de su autor durante el resto de la misma.

Ambos son textos luminosos en que el hilo conductor es la transformación de un México postrado por el “dolor evitable”, el que unos hombres causan a otros, en un México de libertades y de prosperidad, a través de la práctica cotidiana de la solidaridad. Gómez Morín era un católico practicante, al que sus convicciones no le estorbaban para defender una sociedad abierta y hacer política sin atavismos ni confesiones. Gómez Morín era un pensador liberal, al que sus ideas no le impedían abrazar su fe y vivir según ella.

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La visión de la política de Gómez Morín es idealista y se funda en que el ser humano cumpla con un destino superior. Sin ser una visión religiosa, postula la existencia de un espíritu humano y apela a los valores que se desprenden de la misma: la búsqueda del bien, el respeto a la dignidad humana, y ante todo, la responsabilidad como piedra angular del libre ejercicio de la voluntad. Su último discurso como Presidente Nacional del PAN es un genuino testamento político. Más que redundar en una doctrina que a lo largo de una década se había consolidado con absoluta claridad, Gómez Morín establece la actitud que define a un político que se asuma humanista y demócrata. 

“Que nunca falten motivos espirituales en nuestra Organización”, sentencia, pues la política no puede ser instrumento hueco de la búsqueda del poder. La política es instrumento de la elevación humana, había escrito en otro texto, y sólo puede entenderse como un bien público que permite organizar y realizar los otros bienes sociales. La política con propósito y contenido. Una política de convicciones en que se puede perder una votación parlamentaria o una elección, pero no la brújula moral ni el objetivo programático.

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Gómez Morín no era un ingenuo ni caía en el academicismo. Conocía las duras realidades de la práctica política, en la oposición y en el ejercicio del gobierno. Era un acucioso redactor de leyes y un arquitecto de políticas públicas visionarias. Su defensa de la democracia y la libertad en un mundo fascinado por los totalitarismos, que era ridiculizada por el priísmo del “carro completo”, no era un misticismo, era la eficaz construcción a largo plazo de una ciudadanía y una democracia a las que hemos arribado parcialmente, gracias al empeño de personas como él.

Lejos está hoy Acción Nacional de la visión de su fundador. El PAN sucumbe a la dinámica del actual gobierno en la que todo es negociable, el reinado de los operadores políticos, por encima de los políticos a secas, cada vez más escasos. La visión de que gobernar es acordar, que el consenso – en torno de lo que sea – es el valor supremo y en que el proyecto de país no es sino un lienzo armado de los jirones que se arrancan de negociaciones cada vez más aviesas e inconfesables.

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A México le urge la recuperación de la política en la visión de Manuel Gómez Morín y de la que alguna vez el PAN fue portavoz. La política en que el ciudadano tiene el primado, en que se defiende un proyecto de país que contiene verdades que no se negocian, aun cuando sean transitoriamente derrotadas en el parlamento o en la urna, en que se defiende la democracia y la libertad a todo trance. Una política con motivos espirituales.

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El PAN y el Acuerdo por Michoacán: es hora de irse

Cuando el pasado 29 de agosto se firmó el Acuerdo por Michoacán yo dije que era forma sin fondo, un cascarón que apenas enlistaba algunas tareas básicas del Gobierno Estatal y pretendía vestirlas de grandes acuerdos políticos. Con la ausencia del PRD y la irrelevancia del resto, el PAN fue entonces el ancla del acuerdo. Durante dos meses el instrumento no ha reportado un solo avance y hoy la política estatal, con el regreso de Fausto Vallejo a la gubernatura, ha sufrido un profundo reacomodo que incluye la salida del impulsor del Acuerdo, Jesús Reyna, no sólo de la gubernatura sino de la Secretaría de Gobierno. A mí me parece natural que los ciudadanos nos preguntemos por la vigencia y viabilidad del Acuerdo. Pero especialmente para el PAN, repensar su permanencia en el mismo es obligatorio.

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Fausto Vallejo desde su regreso a la gubernatura apenas se ha referido al Acuerdo por Michoacán. En entrevista ha dicho que si “falta alguno” en clara referencia al PRD, no se puede hablar de un gran acuerdo. En esto tendría razón si el Acuerdo estuviera en proceso de firmarse, pero en la circunstancia actual esta afirmación es más un desprecio por los firmantes, que un guiño a los que desairaron el instrumento, lo cual además hace sentido con dos hechos directamente vinculados a la licencia de Fausto Vallejo. Fue el PRD quien se unió al PRI para prorrogar su licencia y fue Fidel Calderón, en su carácter de Presidente de la Mesa Directiva del Congreso quien facilitó su reincorporación como gobernador. Aunado a las declaraciones sobre la honorabilidad de Leonel Godoy, es claro donde busca el gobernador a sus aliados.

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El PAN, acertadamente, ha mantenido una postura mucho más incisiva sobre el regreso de Fausto Vallejo. Ha subrayado la necesidad, la obligación moral que tiene el gobernador de decir la verdad sobre su estado de salud y el daño que la incertidumbre sobre su permanencia y aptitud le provoca al estado. Me parece que ningún pacto que omita la condición del gobernador Vallejo y las medidas a tomar para dar gobernabilidad ante una nueva ausencia es insustancial.

Por otra parte, justo después de la reincorporación de Fausto Vallejo se desató una serie de eventos desafortunados de violencia del crimen organizado contra la población civil, que el mandatario estatal desestimó. Mientras el PAN habla de terrorismo, el Ejecutivo dice que es vandalismo. Los michoacanos son muy inquietos dice Vallejo Figueroa. La diferencia es fundamental. ¿Cómo podemos estar en un Acuerdo ante una visión divergente para abordar estos hechos tan graves?

Particularmente el tema del crimen es siempre delicado. No podemos olvidar que el PAN en su momento acusó al PRI y al propio Vallejo de haber ganado la elección con ayuda de la delincuencia organizada. De hecho la excandidata y senadora, Luisa María Calderón, una de las firmantes del acuerdo,     no ha quitado el dedo del renglón y recientemente desató la furia del recién llegado gobernador, quien en sus más tempranas reacciones la llamó miserable y enferma del alma, y se refirió a su cuestionada victoria electoral como un hecho que genera el rencor del panismo. El PAN fue generoso al dejar atrás el tema de la legitimidad del gobernador y la limpieza de la elección, y hoy ante un cuestionamiento, es Fausto Vallejo quien fustiga al PAN con un tema del que no saldrá bien librado si se debate abiertamente. ¿Se puede estar en un acuerdo con una contraparte así?

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Por otro lado, la parálisis del Gobierno Estatal se ha profundizado. No sólo los nombramientos de los titulares de la Procuraduría de Justicia y la Secretaría de Administración y Finanzas no han ocurrido, sino que se avizoran relevos en áreas fundamentales del ejecutivo como la misma Secretaría de Gobierno o la de Educación, con lo que la crisis del gobierno local puede agudizarse. Eso sin considerar que al interior del gabinete y del PRI hay una disputa por el poder entre dos grupos antagónicos.

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Yo creo que el PAN participó originalmente del Acuerdo por la inercia que sobrevalua los consensos, y cuya mayor debilidad es menospreciar los principios. La sociedad busca claridad en los actores políticos. No podemos decirle a todo el mundo, todo el tiempo, todo lo que desea escuchar. Quien sostiene posiciones claras se arriesga a no complacer, pero quien no toma definiciones se arriesga a perder su identidad.

El PAN se desdibujó peligrosamente tras su paso por el Gobierno Federal y con el Pacto por México a veces luce irreconocible. En Michoacán no debe exponerse a ser comparsa de un gobierno errático y débil, que no se pronuncia con firmeza sobre los asuntos que más preocupan a los michoacanos y que es incapaz de cumplir con sus funciones elementales y de resolver los grandes problemas del Estado.

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Malos tiempos

Perdónenme el pesimismo pero en Michoacán llueve sobre mojado. Dos grandes crisis han asolado el estado durante casi dos años – justamente tras la elección local del 2011 – y el panorama que tenemos delante es poco halagüeño, pues el principal actor para enfrentar los problemas de nuestro estado está él mismo, inmerso en una crisis que lo paraliza de arriba a abajo. Permítanme documentar mi pesimismo.

En el frente económico Michoacán vive malos tiempos principalmente porque los motores tradicionales de su economía se han desacelerado. ¿Cuáles son? Por una parte las remesas que envían los numerosos michoacanos que se encuentran en los Estados Unidos, que se han visto reducidas por la crisis económica que enfrenta el vecino del Norte y que no está superada. Otro más el turismo, que entre el mal estado de la economía nacional y la escalada de la violencia local se ha frenado. Un tercer componente es el gasto público. En una entidad que carece de una planta productiva importante, la obra pública y las compras de gobierno constituyen una fuente de ingresos para muchos, que debido a la crisis financiera que el gobierno de Leonel Godoy heredó y que Fausto Vallejo no ha podido superar, se han visto seriamente afectados.

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La agroindustria que es una poderosa palanca de desarrollo en Michoacán vive buenos tiempos a pesar de sufrir cotidianamente el flagelo de la extorsión a manos de la delincuencia organizada. Esto se nota en algunas regiones del estado en que la crisis económica ha sido menos intensa. Pasemos al segundo frente: la seguridad.

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La Tierra Caliente siempre ha sido una región con mayores índices de violencia y delictivos que el promedio del estado. Sin embargo ante la indolencia gubernamental los cárteles dedicados al tráfico de drogas echaron fuertes raíces y se apoderaron del territorio. El gobierno de Felipe Calderón emprendió el combate de estos grupos con claroscuros en la forma y mixtos en el resultado. A la llegada del gobierno de Enrique Peña hubo un repliegue de las fuerzas federales que desató una situación sin precedentes: la aparición de “guardias comunitarias” grupos aparentemente de los pobladores de la región cansados de los abusos de la delincuencia, pero que no han podido explicar el origen de sus armas y cierta conexión con grupos delictivos rivales del cártel local.

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El fin de semana pasado sufrimos en el estado un nuevo nivel de violencia de la delincuencia: ataques a instalaciones estratégicas como son las subestaciones eléctricas de la CFE  y que resultaron en apagones que afectaron a medio millón de personas. Al tiempo que en Apatzingán se disparaba y se lanzaban gradas contra una marcha de los llamados “guardias comunitarios” desarmados en esa localidad (esto había ocurrido ya en Los Reyes). Apenas unos días antes habían aparecido mantas amenazando al gobierno estatal que si no tomaba acciones contra los guardias comunitarios, el pueblo se levantaría.

Tenemos que recordar que Los Caballeros Templarios son una organización peculiar, que a diferencia de otros cárteles tiene una ideología y pretende controlar a las autoridades del territorio donde están establecidos e influir en las decisiones gubernamentales, sin que haya claridad hasta donde han sido exitosos en muchos casos.

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La noticia más desagradable es que mientras esto ocurre y afecta la vida de millones de michoacanos, en el gobierno estatal y el partido del que emanó el gobernador hay una sorda disputa por el poder. Fausto Vallejo, enfermo y en condiciones de total opacidad sobre su salud, lanza una agresiva estrategia para retomar su cargo y deshacerse de quien fuera su remplazo, colaborador en la Secretaría de Gobierno y aliado en campaña, Jesús Reyna. Las formas y los comedimientos se han dejado para después y se echa mano de filtraciones, rumores y descalificaciones.

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Esto no tendría mayor relevancia para el ciudadano común, si no hubiera cuestiones como que no tenemos un Secretario de Finanzas o un Procurador de Justicia, y que por ello los temas prioritarios del Estado, como la reestructuración de la deuda pública que inyectaría varios miles de millones de pesos, están detenidos. O que ante los ataques de la madrugada del domingo la reacción gubernamental se dio 36 horas después mediante comunicados de prensa. Es explicable que los priístas no estén gobernando, están ocupados disputándose el gobierno. Pero es inmoral e intolerable.

A las malas noticias sume usted la reforma hacendaria que gravará con IVA a los productores del campo, el motor económico que aun estaba encendido y el golpe a los pequeños contribuyentes que va a generar mayor informalidad en la economía. Por supuesto las marchas y plantones de la CNTE y los normalistas continuarán, a la par de sus exigencias de dinero público para financiar sus movimientos, que también son parte de la disputa por el poder local y que no serán enfrentados en este contexto.

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Del PRI que prometió respeto para Michoacán no lo hemos recibido. La esperanza es la sociedad civil que pueda organizarse para exigir resultados, y en la rendición de cuentas cambiar el rumbo del Estado. La ciudadanía, como colectivo y como valor es lo único que puede sacarnos de estos malos tiempos.