La forma sin fondo o el Acuerdo por Michoacán

No conozco casi a ningún político – y ciertamente a ninguno del PRI – que no recite como si fuera el Credo la frase de Jesús Reyes Heroles,       “la forma es fondo”. Este distinguido hombre de indudable valía y mérito, es lo más parecido que puede tener un partido sin ideología, a un ideólogo. Significa que el protocolo y la manera de procesar una decisión pública es tan importante como su contenido, que el continente vale tanto como el contenido o que la articulación y difusión del mensaje es tan relevante como el concepto.

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El PRI es el maestro de las formas políticas, las formas priístas son reconocibles para bien y para mal en la política mexicana, como rituales que han llegado a confundirse con los rituales institucionales dado su prolongado dominio de los poderes públicos. Sin embargo, las formas no bastan como han descubierto los priístas tras su regreso al poder.

El Acuerdo por Michoacán es una historia que ejemplifica esto. Firmado apenas el pasado 29 de agosto, cuando han transcurrido más de 18 de los 44 meses que durará la actual administración, es tardío para cualquier gobierno, con mayor razón para uno tan breve, pero no del todo inoportuno si asumimos que Fausto Vallejo no regresará, y que Jesús Reyna está tomando las riendas del gobierno y relanzando una agenda para lo que será su gobierno.

Mas que un acuerdo, el documento que ha sido signado por diferentes actores, es una agenda. A diferencia del Pacto por México que se refiere a asuntos que al inicio del gobierno de Peña estaban detenidos por falta de consenso para ser aprobados en el Congreso de la Unión, en el caso local no hay iniciativas cuyo trámite se encuentre detenido en el Congreso del Estado por falta de acuerdo. Los grupos parlamentarios opositores al del Gobernador han sido obsequiosos en la aprobación de los temas más polémicos como la restructuración de la deuda pública y la adquisición de nuevos empréstitos, y aun cuando el acuerdo enuncia 16 acciones que implican nuevas leyes o modificaciones a existentes, 3 de las cuales requieren cambios constitucionales, ninguna ha sufrido el rechazo previo de las bancadas.

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Es evidente que si de las 57 acciones propuestas 41 corresponden exclusivamente al ámbito del Ejecutivo Estatal, el documento firmado dista mucho de requerir el concurso de otros actores. Es una agenda, un plan de gobierno, una hoja de ruta, el hilo conductor que ciertamente le ha faltado a la errática administración estatal encabezada por un enfermo Fausto Vallejo primero y un acotado Jesús Reyna después, o al menos acotado hasta hace muy pocos días.

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Si estamos ante un plan de gobierno para los restantes 25 meses, debemos preguntarnos a donde se dirigen los esfuerzos de la administración. ¿Qué es lo que se pretende alcanzar? Si atendemos a los ejes propuestos en cuanto a su número de acciones el más nutrido es el denominado Administración, Finanzas, Transparencia y Rendición de Cuentas (15) lo que confirma que el principal reto del Gobierno del Estado es superar su disfuncionalidad y corrupción. El de Gobernabilidad (11) reitera este hecho: establece acciones elementales de las que se habla desde hace meses, pero además carece de concreción pues sus puntos tienen que ver con diseñar la estrategia y la agenda, mas que con las soluciones de fondo.

Los ejes de Desarrollo Económico y Educación empatan también con 11 propuestas. El primero va a los lugares comunes fomento, infraestructura, nuestro caballito de batalla el Puerto de Lázaro Cárdenas y de lejos algunos los productos agropecuarios. El último retoma los recientes puntos del conflicto con el magisterio y las normales y la adecuación de la reforma educativa. Su mayor mérito es que asume la necesidad de revisar la situación financiera de la Secretaría de Educación y la Universidad Michoacana.

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Mención especial merece la pobreza conceptual del eje de Desarrollo Social, solo 5 propuestas y nada relevante, se limita a decir que aprovechará la Cruzada contra el Hambre, caótica estrategia sin dinero del Gobierno Federal que solo incluye a siete municipios. Los temas urbanos están ausentes, la migración también, la vivienda no se menciona, los temas forestales y el medio ambiente tampoco, del agua ni una palabra, del turismo solo el sambenito de pensar y hablar positivamente.

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Otro asunto es quien firmó y quien no. Hace unas semanas el PRD votó sorpresivamente por renovar la licencia a Fausto Vallejo y el PAN se negó por falta de información. Ahora el PAN firma un Acuerdo insustancial lleno de vaguedades que competen al Ejecutivo y el PRD se niega arguyendo formalismos. Las oposiciones están tan confundidas como el gobierno. Están desperdiciando la única oportunidad que las ha dado y que probablemente les dará el Ejecutivo de discutir su agenda pobre, mediocre y extraviada. El gobierno se confeso desarticulado, incapaz, corrupto y le han dejado salir intocado y hasta fortalecido.

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Concluyo: el Acuerdo por Michoacán no es tal, es apenas una agenda escueta de acciones que debieran ser obligatorias para un gobierno mediano. Revelan sus graves problemas y sus pocas capacidades, pero una oposición y otra han dejado pasar increíblemente la ocasión. Todos están fascinados por el protocolo, confundidos entre la forma y el fondo, sin advertir que entre las manos tienen un cascaron vacío. Lástima que Reyes Heroles nunca tuvo ocasión de completar su sentencia: el fondo no sólo puede ser forma.

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La próxima decepción política

El pasado 11 de julio el Congreso de Michoacán reformó el Código Electoral del Estado para permitir las candidaturas independientes, es decir ciudadanos que compiten sin el respaldo de ningún partido político, rompiendo el monopolio sobre éstas que los partidos habían tenido siempre en nuestro estado. Este hecho desató a nivel nacional inclusive, las críticas y diatribas, justas e injustas, acertadas e ignorantes, merecidas y desproporcionadas contra los partidos políticos, villanos favoritos de los medios de comunicación y de muchos mexicanos. Aparejado a ellas, se ha entonado la alabanza generalizada de las candidaturas que muchos llaman ya con sesgo “ciudadanas”, y se anticipa un luminoso futuro democrático gracias a ellas.

No me opongo a las candidaturas independientes, creo que eran un derecho pendiente de reconocimiento que el autoritarismo priísta nos negó y que la temerosa transición nos escamoteaba. Son una figura que existe en cualquier democracia avanzada y en ningún lugar han sido la debacle ni la utopía democrática. Por eso afirmo que las candidaturas ciudadanas son la siguiente gran decepción de quienes analizan la política como si narraran un partido de rugby, la primera vez que ven un partido de rugby. Permítanme documentar mi pesimismo.

Lo primero que debo decir es que la legislación que ha expedido el Congreso Michoacano es sumamente burocrática y litigiosa. El listado de simpatizantes de la candidatura equivalente al 2% del padrón, la fianza equivalente a la mitad del tope de campaña, los requisitos para monitorear el gasto del candidato y la prohibición de haber militado en un partido un año antes de la elección van a judicializar cualquier candidatura que amenace a los partidos políticos. Es una reforma gatoparda: propone cambios para preservar la continuidad.

Uno de los graves problemas de las candidaturas independientes en México es la inequidad que genera el financiamiento público. Los partidos lo reciben. Los candidatos independientes no. Hoy nadie se ha quejado, pero una vez que inicie el proceso electoral este será un tema explosivo y recurrente, y que de entrada limitará el desarrollo de candidaturas independientes a municipios pequeños donde los recursos necesarios para competir no son cifras astronómicas.

Los partidos políticos además de organizaciones con recursos son referentes ideológicos de la población en general. Por supuesto no solo hay simpatizantes o militantes que rompen el molde de un partido, también sus candidatos pueden ser muy disímbolos, pero en general, el respaldo partidista de una candidatura nos permite, aún sin conocer al candidato, saber que esperar respecto de su posición política, hasta por prejuicio las identidades partidistas nos orientan y le dan significado a la actividad pública. Los candidatos independientes tendrán un doble reto de posicionar su plataforma, sobretodo cuando pase la novedad y ser independiente no baste como plataforma, así como no ser del PRI dejó de bastarle a los demás partidos como discurso.

Una cosa que los analistas políticos tipo rugby olvidan es que los militantes, los candidatos y los funcionarios surgidos de un partido no somos marcianos. No vamos a escuelas distintas ni vivimos en guetos, no odiamos a la patria ni somos largamente entrenados para engañar a los demás, ni formamos parte de hermandades secretas que conspiran contra la humanidad. Somos seres humanos y mexicanos comunes con un interés por los temas públicos que otros muchos ciudadanos no tienen, tenemos la misma cultura y los mismos defectos y vicios que el promedio de los mexicanos y quizá que la humanidad. También las mismas virtudes.

Los candidatos ciudadanos tampoco serán venusinos o mercurianos, serán muy parecidos a quienes hoy participamos en política con algún partido. Algunos tendrán menos experiencia y más entusiasmo, algunos serán más simplistas, algunos tendrán virtudes refrescantes y espontaneas que los hábitos nos hacen olvidar a los políticos, pero no tendrán la potestad de salvar a la patria. Con el tiempo habrá representantes y gobernantes electos como independientes que sean incapaces y deshonestos y que incurran en excesos y que despierten la ira popular. Sin duda los habrá buenos, como los partidos nos han dado también a muchos buenos.

Los problemas que tiene México son muy complejos y se deben a instituciones, leyes,  cultura, condiciones poblacionales, económicas y geográficas estructurales, atrasos históricos si se quiere. Pensar que los candidatos independientes resolverán por voluntad nuestros problemas es una manifestación light y posmoderna de nuestro caudillismo ancestral.

El estado no tiene el derecho de negar a un ciudadano que contienda en una elección y que pueda ser alcalde, diputado o gobernador, eso es no es democrático, por eso considero las candidaturas independientes como un avance aunque no serán la transfiguración de la política mexicana. Personalmente creo en las instituciones y en los programas más que en las personas y en las buenas intensiones. Me hice panista leyendo a Gómez Morín y ésta es la idea central de su pensamiento que aprendí y defiendo a todo trance, por eso termino transcribiendo una línea de la carta que Don Manuel le escribió a José Vasconcelos en 1928 sobre su candidatura presidencial y que viene mucho a cuento:

En resumen: ¿vale más lanzarse a una lucha que pueda llevar a los grupos contrarios al exterminio, para lograr el triunfo inmediato o perderlo todo, o vale más sacrificar el triunfo inmediato a la adquisición de una fuerza que solo puede venir de una organización bien orientada y con capacidad de vida?

Ladies, gentlemen y cultura ciudadana

En las últimas semanas hemos atestiguado el ascenso del escándalo plenamente justificable, cortesía de una serie de personajes impresentables, políticos, exitosos miembros del sector privado o sus familiares. Y todos han hecho las delicias de comentaristas formales y aficionados, de las charlas de sobremesa y de los programas de análisis. Todos nos hemos escandalizado con estos bufos pasajes de nuestra vida pública que la hacen lucir más descompuesta aun, pero creo que la reiteración de los sucesos merece que nos hagamos algunas preguntas.

Primero hay que decir que esta proliferación es novedosa porque, merced de las redes sociales y el video al alcance de todos en todo momento, millones somos testigos de lo que antes solo unos pocos se enteraban. Además el impacto de la imagen se pone de manifiesto, forma nuestra percepción como la anécdota no podría hacerlo jamás. No hay mas personas comportándose en forma grosera y prepotente ahora que antes, hoy se les exhibe en HD.

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La prepotencia y el trato majadero hacia quien es percibido como inferior tristemente no son una novedad en nuestra sociedad. Esta es sin duda una de las aristas cortantes de nuestra cultura mexicana, hija de una sociedad de clases que casi fueron castas, la modernidad no ha terminado por borrar un elitismo sin fundamento que desprecia al pobre, al campesino, al obrero, al indígena, al marginal.

Las ladies y los gentlemen ventaneados recientemente no son seres tan distintos del resto de nosotros. Fueron retratados desde su peor ángulo, en su peor momento, pero no son desafortunadamente tan raras excepciones. La discriminación, la falta de respeto, la intolerancia, el influyentismo y la prepotencia son actitudes que tienen carta de naturalización en nuestra cultura. Lo que ha proliferado no son estos personajes sino los teléfonos móviles con cámara, las conexiones a internet y las redes sociales.

Los personajes son síntoma de una sociedad que no acaba de saltar a la modernidad y que sigue sin abrazar una cultura ciudadana, que supone igualdad, respeto, obediencia de reglas y castigo para los transgresores, en que los servidores públicos más que privilegios tienen responsabilidades y una de ellas es conducirse con mayor prudencia y sobriedad pues su vida, incluso su vida privada, ocupa una parte del espacio público y constituye referencia para los demás miembros de la sociedad. Por eso en otros países funcionarios de alto rango – electos y designados – dimiten cuando son sorprendidos en acciones indebidas.

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Pero quiero hablar de la otra cara de la moneda. De que nuestra sociedad debiera aprovechar momentos como estos para la reflexión y buscar caminos para mejorar nuestra cultura ciudadana y por lo tanto las bases de nuestra convivencia. Y esto también es tema del gobierno, pues lo que planteo no es una utopía moralina de extrema derecha. Es una política pública –concebida de hecho en gobiernos de izquierda – que permite reducir la criminalidad, los accidentes y las infracciones de tránsito, el consumo de drogas, la violencia, la discriminación, entre otras cosas.

Existen casos plenamente documentados como el de la alcaldía de Bogotá en los años noventa que aplicando modelos y políticas para mejorar la convivencia se logro reducir el índice de homicidios, las muertes asociadas a accidentes viales, se logró incautar cifras record de armas de fuego y reducir el desperdicio de agua drásticamente.

El fundamento de esto es que la ley no es la única forma de imponer una conducta. De hecho la moral y las costumbres sociales son más eficaces para regular el comportamiento, aun cuando la misma conducta sea un delito. La mayoría de nosotros no nos abstenemos de herir o matar a otro ser humano porque sea un delito, sino porque creemos en respetar la vida humana, es un asunto moral. Y usar la reprobación social de conductas que dañan la convivencia es una magnífica estrategia para reducirlas.

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Y vaya que hay muchos lugares por donde empezar. En nuestro entorno inmediato ocurren muchas cosas que dañan nuestra convivencia y que repararlas cuesta dinero público. Arrojar basura, desperdiciar agua, estacionarse en lugares prohibidos, abordar o descender del transporte público en cualquier lugar, no respetar las reglas de tránsito son conductas emparentadas con las que practican las ladies y los gentlemen que hemos atestiguado. Maltratar a empleados, vigilantes, meseros y otras personas no es tan poco común, en muchas ocasiones lo que ha faltado es la cámara.

Así que bien valdría empezar por alguno de nuestros defectos comunes y organizarnos para superarlo, por supuesto que los teléfonos y el twitter harán su papel, pero una buena convivencia se funda en el respeto y para desarrollar esa y otras virtudes cívicas la tecnología no es suficiente, hay que regresar a la buena y ancestral práctica de reprobar lo que nos daña, si se impulsa como acción pública el gobierno puede evitarse muchos dolores de cabeza y ahorrar dinero, y nuestros escándalos habrán servido de algo.